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El árbol de luz

Lulú llegaba tarde a una reunión y tenía muchísima prisa. Después de cruzar el porche, rodeó la gigantesca mansión, una blanca como la tiza, y recorrió el empedrado del jardín trasero corriendo tan rápido como le permitieron sus patitas peludas. Era la ardilla más veloz del barrio y le encantaba corretear por el parque cercano para observar a los humanos desde las ramas de los árboles. Saltaba de unas a otras para no perderse detalle: miraba a las crías construyendo castillos de arena, y luego se fijaba en los adultos, que cotorreaban sentados en los bancos de madera. Los humanos hablaban mucho, por lo que tarde o temprano acababan descuidando los juguetes de sus crías o dejando sin supervisión las mochilas donde guardaban la merienda, así que Lulú, aprovechando esos instantes, se acercaba a ellos con cautela para llevarse rápidamente aquello que más le había llamado la atención. Era una ladrona profesional, la mejor de todas las ardillas de la ciudad, y era famosa entre los animalil...

El vecino

Lo escuchaba en silencio. Él reía a carcajadas, conversaba, debatía, y ahí estaba yo, muerto de curiosidad por saberlo todo sobre su vida con la oreja pegada a la pared. Cuando dormía, su voz se me aparecía en sueños. Resonaba en mi cabeza tan oscura e intensa como el más amargo de los cafés. Era hipnótica, profunda, suave terciopelo que acariciaba con la yema de los dedos para después morderlo, sellarlo, y hacerlo parte de mí. Como no conocía su rostro, su voz adquiría mil formas distintas, las que yo quisiera. Su voz era libre bajo mi control. Su voz era mía. Lo que no podía controlar eran los ruidos. Todos los vecinos hacen ruidos, pero él tenía una gracia propia, su propio ritmo. Distinguía perfectamente su estado de ánimo por el volumen de las charlas, de sus gritos y portazos. Así me hablaba él, así como te estoy hablando ahora mismo. Tú jamás le entenderías. Por eso solo puedes oírme a mí, porque su voz es mía, tan mía como los zumbidos y pitidos constantes que derritieron m...

Y bailé contigo

No recuerdo cómo llegué, pero lo recuerdo todo: la hierba bajo mis pies, las flores mostrándome el camino, el viento en mi rostro mientras corría por el bosque. No podía llegar tarde porque me esperaban para el Gran Baile de las Hadas. Ellas me esperaban. Las ramas de los árboles intentaron detenerme agarrándome del vestido, rajándome la falda y destrozándome los brazos con los que apenas podía protegerme. Corrí tan rápido como me lo permitieron mis pies. Me caí. Me rompí. Me levanté y seguí corriendo. Salí del camino y pisé las flores: sus espinas y sus colores. Regué la tierra con mis huellas sangrientas y recé por que nadie las siguiera. Ellas me esperaban a mí. A mí. Escuché la música a lo lejos y sonreí. Los huesos de mis piernas se resquebrajaron como el cristal y la piel abierta de mis brazos quiso deslizarse hasta separarse de mí, pero yo seguí a mi corazón. Seguí la música, las seguí a ellas y te encontré a ti.           Cogí tu mano y bailé con...

La Dama de Noche

  Hace trescientos años, el Marqués de Beltrán tenía dos huéspedes en su castillo. Ocupaban dos oscuras habitaciones en la torre más alta, cada una con un pequeño balcón al que se asomaban las noches de luna llena. Marino se había instalado en la más pequeña, una modesta sala con una cama, una silla y un escritorio carcomido. Salir al balcón por las noches era lo único que le permitía conservar la cordura. Ver la luna rodeada de diminutas estrellas en el cielo le daba esperanza y calmaba sus nervios, que solo desaparecían cuando llegaba su turno, cuando el ama de llaves tocaba la puerta de su habitación para informarle de que el Marqués de Beltrán estaba listo para cenar con él en el gran comedor. Una noche, en cuanto oyó los pasos de la señora subiendo las sinuosas escaleras de madera, corrió hacia la puerta y esperó impaciente. Toc, toc, toc, sonó como siempre, pero antes de agarrar el viejo pomo de bronce para salir del cuarto volvió a escucharlo. Toc, toc, toc. El ama d...

El pantano de Lemna

Escogí al más grande y fuerte, al más bueno, al que nunca decía no a nada. Salí de casa y corrió hacia la vieja cerca que nos separaba. No hizo falta que alzara la voz, ni siquiera que pronunciara su nombre. Vino porque pensé en él. Saqué el lazo del palo, empujé la puerta de la cerca y así la dejé porque no íbamos a volver. Él no lo sabía. Los demás tampoco, pero pronto se darían cuenta, verían la puerta abierta y buscarían refugio, trabajo y una vida nueva bajo el ala de otro Trashumante. Eran listos, honestos y aplicados, las mejores creses del Noreste de la Falda. Qué decir de mis propios hijos. Nunca usé el látigo con ellos, jamás me hizo falta. De hecho, ninguno fue comprado. Vinieron a mí atraídos por el poder de mis sortilegios, un poder heredado, una hermosa manzana que cayó en mis manos cuando el polvo de piedra bañaba las suyas. Se agachó para que pudiera acariciarlo. Era alto, el más alto de todos. Su cabeza era dura como el tronco de un árbol y su hocico ancho. Tenía...

Violetas para Valentina

Valentina amaba las moras. Aquella mañana, se levantó temprano y recorrió el pueblo con la cesta colgada del brazo, el canto de los pajarillos que acababan de despertarse y una sonrisa que jamás borraba del rostro. Ir a moras no era tarea fácil, pero para cuando el fresco ni se olía y el calor rascaba su espalda, Valentina ya tenía la cesta llenita de moras. De camino a casa, fue dando los buenos días a sus vecinos con orgullo, las manos arañadas y los brazos sangrantes. —¿Con quién te peleaste esta vez, Valentina? —le preguntaban los vecinos sorprendidos al verla de esa guisa, con su vestido favorito manchado de tierra, el pelo despeinado y tantos cortes en las manos. —¡Vengo de ir a moras! —contestaba riendo, inclinando la cesta para mostrar las hermosas moras negras. Cuando llegó a casa, una pequeña cabaña con el techo de paja y un precioso jardín de florecillas silvestres que le había regalado la primavera, dejó la cesta sobre la mesa de roble y se puso el mandil para rec...