El árbol de luz
Lulú llegaba tarde a una reunión y tenía muchísima prisa. Después de cruzar el porche, rodeó la gigantesca mansión, una blanca como la tiza, y recorrió el empedrado del jardín trasero corriendo tan rápido como le permitieron sus patitas peludas. Era la ardilla más veloz del barrio y le encantaba corretear por el parque cercano para observar a los humanos desde las ramas de los árboles. Saltaba de unas a otras para no perderse detalle: miraba a las crías construyendo castillos de arena, y luego se fijaba en los adultos, que cotorreaban sentados en los bancos de madera. Los humanos hablaban mucho, por lo que tarde o temprano acababan descuidando los juguetes de sus crías o dejando sin supervisión las mochilas donde guardaban la merienda, así que Lulú, aprovechando esos instantes, se acercaba a ellos con cautela para llevarse rápidamente aquello que más le había llamado la atención. Era una ladrona profesional, la mejor de todas las ardillas de la ciudad, y era famosa entre los animalil...