El vecino

Lo escuchaba en silencio. Él reía a carcajadas, conversaba, debatía, y ahí estaba yo, muerto de curiosidad por saberlo todo sobre su vida con la oreja pegada a la pared.

Cuando dormía, su voz se me aparecía en sueños. Resonaba en mi cabeza tan oscura e intensa como el más amargo de los cafés. Era hipnótica, profunda, suave terciopelo que acariciaba con la yema de los dedos para después morderlo, sellarlo, y hacerlo parte de mí. Como no conocía su rostro, su voz adquiría mil formas distintas, las que yo quisiera. Su voz era libre bajo mi control. Su voz era mía.

Lo que no podía controlar eran los ruidos. Todos los vecinos hacen ruidos, pero él tenía una gracia propia, su propio ritmo. Distinguía perfectamente su estado de ánimo por el volumen de las charlas, de sus gritos y portazos. Así me hablaba él, así como te estoy hablando ahora mismo. Tú jamás le entenderías. Por eso solo puedes oírme a mí, porque su voz es mía, tan mía como los zumbidos y pitidos constantes que derritieron mi cerebro a fuego lento, convirtiéndolo en una masa pesada, caliente y grasienta, que luchaba por mantener la poca sensatez que me quedaba. Los incesantes murmullos de los artilugios se arrastraban con sus delicadas patas dentro de mi oreja, reptando por las paredes de mi cráneo, nublando las conversaciones que se traía con alguien que jamás le contestaba.

Un día golpeé la pared, harto de aquel misterio y de mí mismo, incapaz de soportar la pesadez de mis sesos deshechos, mis pensamientos más claros. ¿Cómo era posible que nadie riera con él al otro lado? ¿Por qué nadie le contestaba? ¿Cómo podía ser que aquellos con la suerte de conocerle, de tenerlo frente a frente, sin paredes de por medio, nunca dijeran nada?

Golpeé el muro de nuevo, un estúpido reflejo de la rabia anudada en mis tripas que reafirmó mi presencia. Así me escuchó él por primera vez. Así me engulló la vergüenza, empujándome a sacrificar mis fantásticos sueños: tenía que salir de mi casa, de mi rincón en la Tierra, y conocerle. Ponerle cara. Debía disculparme.

Él aceptaría mi disculpa, quitándole importancia, y empezaríamos a hablar, como hacen todos los vecinos. Yo le escucharía, reiría de vez en cuando con sus ocurrencias hasta que me invitara a su casa para tomar café, pasar la tarde y charlar sobre todo y nada. Después de todos estos meses, por fin vería la incesante fuente de zumbidos magnéticos que habían destruido mi vida, los férreos murmullos que entretelaban mis sueños noche tras noche con el terciopelo de su voz.

Me moría de ganas por cumplir mis fantasías, pero el temor a molestar a mi vecino era mayor. Mi miedo a su silencio era espantoso, así que me desprendí de la pared y me metí en la cama, donde su voz adquiría la forma perfecta para mí, sonaba solo para mí, igual que lo hago yo para ti ahora.

Soñaba con ella arropado por la suave oscuridad y los vibrantes zumbidos mordisqueando las orillas de mis sesos, cuando unos golpes en la pared de mi habitación me la arrebataron. Abrí los ojos y esperé ansioso a que los golpes se repitieran, a que él me hablara de nuevo. Pero los golpes no sonaron, el silencio lo hizo. El silencio se apoderó de mis sentidos, los aplastó con su puño de hierro y los escurrió hasta que no me quedó ni una sola gota de cordura.

No había zumbidos ni pitidos. El mundo exterior desapareció y la vida se me hizo insoportable hasta que lo vi allí de pie, observándome erguido entre las sombras, desde la puerta abierta de mi habitación. Se aseguró con un rápido vistazo de que no hubiera nadie capaz de interponerse entre los dos, respiró hondo y se acercó a mí. Sus pasos torpes me dejaron sin aliento, con el alma atragantada y el corazón anclado, clavado impotente entre las sábanas, inútiles escudos de algodón. El hedor corrosivo que rezumaba la húmeda tela blanca de su bata pudrió mis pulmones.

Me dio las buenas noches y mi mente echó a volar. En la Tierra solo existíamos él y yo, igual que en mis sueños, unos sueños que rompió en dos sin piedad tras alzar su brillante hacha sobre mi cabeza y separarla de un solo golpe del cuerpo.

No sentí miedo, sentí nada. Una maravillosa nada a la que ya estaba acostumbrado, la misma en la que me perdía cada noche al irme a dormir, a la que entregaba mi consciencia sin pensarlo dos veces. Solo cuando volví a abrir los ojos, solo entonces, noté el gélido abrazo del líquido denso y viscoso en el que había sumergido mi cabeza para conservarme intacto, igual que al otro, el que nunca contestaba.

Dentro de las peceras nos es imposible hablar sin que se nos llene la garganta del conservante transparente, por eso utiliza máquinas extrañas, unas que conecta entre ellas cambiándolas de sitio, desenmarañando los cables y liándolos de nuevo según le conviene. Cuando tira de las palancas atornilladas a las paredes, los zumbidos y pitidos que emiten los artilugios al encenderse me devuelven a casa, al otro lado de la pared.

Nadie ha preguntado por mí en todo este tiempo, ni un vecino. Nadie sabe que estoy aquí, no tengo amigos. Mi cuerpo es un pobre huérfano sin rostro condenado a descansar por siempre dentro de una cama sudada, sangrienta y deshecha; una buena causa para que aquellos capaces de encontrarlo puedan ver la cara que deseen y elegir una vida por mí.

No lo echo de menos. Ahora mi vida es mejor, sencilla, diferente.

Le veo. Rio con él. Hablo con él. Le respondo a través de la maquinaria que escribe mis pensamientos más profundos en una gran pantalla de ordenador.

No tengo secretos. Mi voz es suya.


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