La Dama de Noche
Hace trescientos años, el Marqués de
Beltrán tenía dos huéspedes en su castillo. Ocupaban dos oscuras habitaciones
en la torre más alta, cada una con un pequeño balcón al que se asomaban las
noches de luna llena. Marino se había instalado en la más pequeña, una modesta
sala con una cama, una silla y un escritorio carcomido.
Salir al balcón por las noches era lo
único que le permitía conservar la cordura. Ver la luna rodeada de diminutas
estrellas en el cielo le daba esperanza y calmaba sus nervios, que solo
desaparecían cuando llegaba su turno, cuando el ama de llaves tocaba la puerta
de su habitación para informarle de que el Marqués de Beltrán estaba listo para
cenar con él en el gran comedor.
Una noche, en cuanto oyó los pasos de
la señora subiendo las sinuosas escaleras de madera, corrió hacia la puerta y
esperó impaciente. Toc, toc, toc, sonó como siempre, pero antes de agarrar el
viejo pomo de bronce para salir del cuarto volvió a escucharlo.
Toc, toc, toc.
El ama de llaves había llamado a las
dos puertas. Marino escuchó en silencio cómo su vecino salía de la habitación.
La mano le temblaba sobre el pomo de la puerta.
No quería salir.
No quería verle. No quería que le
viera. No quería pensar en que no era el único que cenaba con el Marqués de
Beltrán.
Toc, toc, toc.
Marino, con un nudo en la garganta y
el estómago encogido, abrió la puerta y salió. El ama de llaves le entregó un
camisón limpio y esperó a que se cambiara allí mismo, delante de ella, igual
que el otro huésped. Su huesudo cuerpo estaba marcado por numerosas cicatrices
que se multiplicaban cada dos noches, todas con la misma forma de medialuna. La
señora se dio la vuelta, su demacrado aspecto le era indiferente, y ambos la
siguieron.
Bajaron las escaleras, sin inmutarse
al sentir las astillas que se clavaban en las pálidas plantas de sus pies;
atravesaron largos pasillos alfombrados con grandiosos cuadros que colgaban en
las paredes y finalmente llegaron al gran comedor, una majestuosa estancia cuya
pieza central era una gran chimenea de mármol.
Los huéspedes se colocaron junto al
fuego, delante del Marqués de Beltrán. El vecino de Marino era alto y fuerte, a
su lado se sentía tan pequeño que hasta dudó de que el Marqués reparara en su
presencia, pues ni su sombra alcanzaba la bella silueta que proyectaba el otro
huésped.
—Buenas noches —la voz de ultratumba
del Marqués le dio unos divinos escalofríos. Se miraba las uñas y daba vueltas
lentamente a los anillos de oro que adornaban sus largos dedos. Estaba sentado
en un magnífico sillón de marfil y terciopelo rojo.
—Buenas noches —respondió cantarín el
otro huésped, acicalándose y colocándose el camisón.
Marino se quedó callado, mirando al
suelo con las manos entrelazadas, y el Marqués de Beltrán, molesto por su
silencio, dejó de dar vueltas a su anillo y se quedó mirándolo con un semblante
oscuro y aterrador.
Levantó el brazo y le apuntó con el
dedo.
A Marino comenzó a hervirle la
sangre, bombeaba como loca por su cuerpo y el corazón estaba a punto de
saltarle del pecho. Ese era el efecto que el Marqués de Beltrán tenía en él,
una sensación a la que se había hecho adicto y que anhelaba sentir todas las
noches.
Con las mejillas encendidas, tan
calientes como el fuego chispeante, levantó la vista y miró con timidez al
Marqués. Nunca lo habían hecho delante de nadie y que lo eligiera a él antes
que al otro era tal honor que estaba dispuesto a dejar la vergüenza a un lado
para entregarse en cuerpo y alma.
Dio un paso, pero el Marqués se
adelantó.
—No, tú no.
Frío.
Una corriente helada lo atravesó de
arriba abajo como un rayo. El ardor en sus mejillas se desvaneció y tal fue su
decepción que sintió que la habitación daba vueltas a su alrededor.
—Él.
Marino observó cómo el hombre de la
habitación de al lado caminó despacio, regodeándose, pavoneándose hasta
sentarse en el regazo del Marqués. Se retiró el cabello del cuello y cerró los
ojos, sonriente, esperando impaciente lo inevitable.
El Marqués de Beltrán le rompió el
camisón sin miramientos y respiró el aroma de su cuerpo como si fuera el más
delicioso de los venenos. Después, lo acarició con suavidad, con la delicadeza
propia del que toca algo que podría deshacerse con el más leve roce.
Marino, consumido por los celos,
respiraba cada vez más y más deprisa. El Marqués agarró al hombre del cuello
con fuerza, acercándoselo a la boca.
Antes de continuar, miró a Marino
directamente a los ojos. Esbozó una sonrisa y sus afilados colmillos le
recordaron la razón por la que se hospedaba en el castillo. El Marqués los
clavó lentamente en el cuerpo del elegido, hasta que su preciado oro rojo salió
a borbotones de la herida. Bebió sin apartar los ojos de Marino, que se había quedado
petrificado y temblando de rabia a la vez.
Cuando el Marqués por fin terminó de
cenar, el otro huésped volvió junto a la chimenea colocándose el camisón roto y
manchado de sangre. Estaba aturdido, con la mirada perdida, y su estúpida
sonrisa se clavaba en Marino como una puñalada.
—He tomado una decisión —anunció el
Marqués limpiándose la barbilla con una servilleta de tela—. Después de tanto
tiempo viviendo en este castillo, he decidido que no quiero más años de
soledad. Deseo un compañero con el que compartir todo lo que tengo.
—Nos tiene a nosotros —dijo el
huésped, todavía atontado.
—Pero algún día vosotros también
moriréis.
Su respuesta cayó como un jarro de
agua fría sobre ambos huéspedes. El Marqués chasqueó los dedos para llamar al
ama de llaves, que apareció con un carrito en el que llevaba dos pequeñas
macetas.
—Por eso he decidido que voy a
convertir a uno de vosotros en alguien digno de estar a mi lado.
Los ojos de Marino brillaban como dos
estrellas. Hasta entonces, la posibilidad de pasar la eternidad con el Marqués
de Beltrán y pasear a su lado por los jardines del castillo las noches de luna
llena solo había sido un sueño.
—Debéis pasar una prueba —cogió una
maceta con flores blancas—. En estas macetas hay una flor conocida como la dama
de noche. Tenéis que cuidarla hasta la próxima luna llena. Aquel que consiga
mantenerla con vida hasta entonces, sin que pierda su belleza, demostrará que
es digno de la vida eterna; pues no hay eternidad sin cuidado ni vida sin
sacrificio.
Entregó la planta al otro huésped y
después se acercó a Marino, pero, antes de darle la planta, le susurró al oído:
—Buenas
noches, Marino.
Marino
tomó la planta y sintió que se perdía en sus ojos, un cálido abismo que volvió
a sonrojarle.
—Buenas
noches… —contestó en voz baja. El Marqués sonrió satisfecho.
—¿Podréis
cuidarlas por mí?
Ambos
huéspedes asintieron, aceptando la prueba. El Marqués hizo una leve reverencia y
miró por última vez a Marino antes de abandonar el gran comedor.
El
ama de llaves lideró de nuevo el camino de vuelta a las habitaciones.
—¿Nos
traerá agua para regarla? —preguntó el otro huésped al ama. Ella asintió en
silencio.
Marino
subía el último, mirando con cuidado dónde pisaba para no tropezar con los
escalones, agarrándose a la barandilla por si perdía el equilibrio.
El
huésped bombardeaba al ama de llaves con preguntas sobre el mantenimiento de la
planta y ella contestaba a todo asintiendo. Cuando por fin quedaban pocos
escalones para llegar a lo alto de la torre, Marino suspiró aliviado. En ese
momento, el otro huésped se dio la vuelta y le tiró la maceta de un manotazo.
Marino
se quedó mirando su mano vacía, en la que bien podría estar ahora mismo su
propio corazón, muerto y congelado en el tiempo. Escuchó cómo el otro huésped
cerró su puerta, recogiéndose en su habitación sin decir una palabra más.
El
ama de llaves volvió a las escaleras, preguntándose el porqué de la tardanza de
Marino. En cuanto vio la planta tirada y la maceta hecha añicos a sus pies se
llevó las manos a la boca y bajó corriendo hasta él, que seguía incapaz de
reaccionar.
La
mujer intentó llamar su atención, decirle que lo sentía, pero los ojos de
Marino, anegados en lágrimas, estaban dispuestos a romper a llorar al más
mínimo movimiento. El ama de llaves se agachó y arrancó una de las flores
blancas que había en el suelo para ponérsela en la mano. Después, le besó en la
frente y se fue.
Marino
subió las escaleras como un alma en pena y se encerró en su cuarto. Se tumbó en
la cama con la flor dentro del puño, la apretó contra su pecho y lloró.
Rompía
a llorar con cada amanecer, en cuanto le despertaba la luz que entraba por el
balcón. Así fue un día tras otro, hasta la siguiente luna llena.
Toc,
toc, toc.
El
ama de llaves esperó al otro lado de la puerta a que Marino saliera, pero no lo
hizo.
Abrió
la puerta y lo vio sentado al borde de la cama con los ojos hinchados, mirando
a la nada, con el puño todavía cerrado. Al verla, Marino se levantó y salió de
la habitación arrastrando los pies. La siguió en silencio hasta el gran
comedor, donde esperaba el otro huésped con su maceta apoyada en el suelo,
hermosa y llena de preciosas flores blancas que desprendían un aroma
embriagador.
Marino
se colocó a su lado, a cierta distancia, sin levantar la vista del suelo. El
otro huésped dejó asomar una sonrisa triunfante.
El
Marqués de Beltrán entró al gran comedor y caminó directo hacia la planta,
impresionado por su exuberante aspecto.
—No
tengo palabras.
—Gracias
—contestó orgulloso el interpelado, sin dejar de sonreír.
Marino
escuchó los pasos del Marqués acercándose a él y agachó aún más la cabeza,
muerto de vergüenza. El Marqués buscó la maceta echando un rápido vistazo
alrededor.
—¿Dónde
está la tuya, Marino?
Marino
se estremeció al oír su nombre en sus labios, incapaz de contestar. El Marqués
se acercó a él y se fijó en sus ojos rojos e hinchados de tanto llorar.
—¿Qué
ha pasado? —le preguntó, tomándolo por la barbilla para mirarle mejor. Tenía un
aspecto horrible, pero al tocarle sus mejillas se encendieron al instante.
—Se
me cayó.
—¿Cómo?
—Subiendo
las escaleras. Se me cayó.
Comenzó
a llorar como un niño, todavía incapaz de mirarle a los ojos.
—Lo
siento…
Alzó
despacio el puño y el Marqués ladeó la cabeza, extrañado. Lo abrió y le enseñó una
preciosa florecilla de pétalos blancos que había echado raíces en la palma de
su mano temblorosa, alimentándose de su sangre para sobrevivir.
—Esto
es lo único que tengo. Llévesela. Guárdela. Cuídela. Arránquela de mi ser y
quédesela como ha hecho con mi alma, un alma extraña que ya no reconozco desde
que le conocí. Quédesela como lo ha hecho con mi corazón, que solo late por
verle. Arránquela y termine con esta tortura que es existir sin poder estar a
su lado.
El
Marqués sostuvo atónito la mano de Marino entre las suyas, acarició con cuidado
los preciosos pétalos blancos y observó las heridas que se había hecho en la
palma al clavarse las uñas tras haber aguantado tanto tiempo con el puño
cerrado. Acarició el tallo hasta llegar a las raíces, escondidas bajo la piel, y
comenzó a besar a Marino dulcemente en los labios una y otra vez hasta que dejó
de llorar.
—Pídeme
lo que quieras —murmuró entre beso y beso.
Marino
levantó el brazo y apuntó a su vecino con el dedo.
—Él.
Mi primera cena. Lo quiero a él. Hasta que no quede nada, ni un solo recuerdo.
Nada
más escucharlo, el huésped huyó despavorido del castillo hasta perderse en el
jardín, ahora repleto de las mismas flores blancas que había cuidado estos
últimos días con tanto ahínco. El Marqués chasqueó los dedos, el ama de llaves
llegó al gran comedor y se quedó esperando en la puerta.
—Tráelo
—dijo, sin quitarle los ojos de encima a Marino.
El
ama de llaves asintió, hizo una leve reverencia y abandonó la estancia con una
extraña sonrisa en el rostro.
El
Marqués siguió besando a Marino y respiró su cuello como si desprendiera un
magnífico perfume, con tal deleite que los ojos se le pusieron en blanco. Abrió
la boca y clavó sus colmillos para beber la cálida sangre de Marino por última
vez antes de congelarla para siempre en el tiempo.
Marino,
extasiado, se dejó caer en los brazos de su amado y sonrió como nunca lo había
hecho, dejando entrever unos preciosos colmillos tan blancos como la dama de
noche presa en la palma de su mano.
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