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El vecino

Lo escuchaba en silencio. Él reía a carcajadas, conversaba, debatía, y ahí estaba yo, muerto de curiosidad por saberlo todo sobre su vida con la oreja pegada a la pared. Cuando dormía, su voz se me aparecía en sueños. Resonaba en mi cabeza tan oscura e intensa como el más amargo de los cafés. Era hipnótica, profunda, suave terciopelo que acariciaba con la yema de los dedos para después morderlo, sellarlo, y hacerlo parte de mí. Como no conocía su rostro, su voz adquiría mil formas distintas, las que yo quisiera. Su voz era libre bajo mi control. Su voz era mía. Lo que no podía controlar eran los ruidos. Todos los vecinos hacen ruidos, pero él tenía una gracia propia, su propio ritmo. Distinguía perfectamente su estado de ánimo por el volumen de las charlas, de sus gritos y portazos. Así me hablaba él, así como te estoy hablando ahora mismo. Tú jamás le entenderías. Por eso solo puedes oírme a mí, porque su voz es mía, tan mía como los zumbidos y pitidos constantes que derritieron mi ce...

La Dama de Noche

Hace trescientos años, el Marqués de Beltrán tenía dos huéspedes en su castillo. Ocupaban dos oscuras habitaciones en la torre más alta, cada una con un pequeño balcón al que se asomaban las noches de luna llena. Marino se había instalado en la más pequeña, una modesta sala con una cama, una silla y un escritorio carcomido. Salir al balcón por las noches era lo único que le permitía conservar la cordura. Ver la luna rodeada de diminutas estrellas en el cielo le daba esperanza y calmaba sus nervios, que solo desaparecían cuando llegaba su turno, cuando el ama de llaves tocaba la puerta de su habitación para informarle de que el Marqués de Beltrán estaba listo para cenar con él en el gran comedor. Una noche, en cuanto oyó los pasos de la señora subiendo las sinuosas escaleras de madera, corrió hacia la puerta y esperó impaciente. Toc, toc, toc, sonó como siempre, pero antes de agarrar el viejo pomo de bronce para salir del cuarto volvió a escucharlo. Toc, toc, toc. El ama de llav...

Violetas para Valentina

Valentina amaba las moras. Aquella mañana, se levantó temprano y recorrió el pueblo con la cesta colgada del brazo, el canto de los pajarillos que acababan de despertarse y una sonrisa que jamás borraba del rostro. Ir a moras no era tarea fácil, pero para cuando el fresco ni se olía y el calor rascaba su espalda, Valentina ya tenía la cesta llenita de moras. De camino a casa, fue dando los buenos días a sus vecinos con orgullo, las manos arañadas y los brazos sangrantes. —¿Con quién te peleaste esta vez, Valentina? —le preguntaban los vecinos sorprendidos al verla de esa guisa, con su vestido favorito manchado de tierra, el pelo despeinado y tantos cortes en las manos. —¡Vengo de ir a moras! —contestaba riendo, inclinando la cesta para mostrar las hermosas moras negras. Cuando llegó a casa, una pequeña cabaña con el techo de paja y un precioso jardín de florecillas silvestres que le había regalado la primavera, dejó la cesta sobre la mesa de roble y se puso el mandil para rec...

Ofelia

            00:34 a.m. Ofelia no podía dormir. Abrazaba su osito blanco de peluche, escondía la cara en su barriguita peluda, se daba la vuelta, se destapaba, volvía a taparse… No había manera. Al día siguiente tendría mucho sueño y no querría levantarse para ir al colegio, aunque eso no era lo peor de no poder dormir. La casa estaba oscura y en silencio. Ningún perro vecino ladraba, ningún lobo del bosque aullaba a la luna. Tampoco cantaban los grillos. Buscó a tientas en su mesilla una botellita de cristal y bebió de ella un par de sorbos de agua. La dejó en su sitio, abrazó de nuevo su osito y se tapó con las mantas hasta las orejas. No era la primera vez que Ofelia no podía dormir. Odiaba no poder conciliar el sueño porque a esas horas aparecían los monstruos. Sabía que no eran de verdad, que era su imaginación. Solo tenía que apartar esas criaturas de su mente, cerrar los ojos y abrazar a su osito lo más fuerte que pudiera para conseguir dorm...

La cura del miedo

Mi queridísimo amigo: ¿Cómo estás? Siento mucho no haber podido ponerme en contacto contigo estos últimos años, mi vida ha sido un completo caos. A partir de mañana todo va a cambiar. Todo lo que conocemos, todo lo que damos por sentado. Todo lo que criticábamos hasta altas horas de la madrugada cuando éramos jóvenes, todos esos problemas a los que jamás conseguíamos dar solución, ¿te acuerdas de nuestras charlas? Las echo tanto de menos. El compañero que tengo ahora no es muy dado a conversar, solo me mira de reojo mientras teclea en un ordenador. Claro, que no no te lo he dicho. No te lo vas a creer, pero te escribo desde una celda de alta seguridad en unas instalaciones que desconozco. Lo siento, no me dio tiempo a fijarme en el nombre que figuraba en la entrada desde la furgoneta en la que me llevaban maniatado. Las ventanillas eran tintadas y los guardias estaban tan encima de mí que no podía ni moverme. Sí, has leído bien. ¡Me han detenido! ¡A mí! ¿Puedes creerlo? Sigue p...