Hijo de la luna
LUNES Había una vez un niño con la cara redonda, nariz chata y dos ojos que nunca habían visto el rostro de su madre. Mama era tan alta que tenía que agacharse para pasar por las puertas, para entrar en el vagón del tren que tomaba para ir al trabajo y para besar al niño en la cabeza tras acostarlo en la cama, aunque esto último había dejado de hacerlo. Ahora Mama se iba a la cama sin avisar. A veces, antes que el niño. Que Mama fuera alta no era la razón por la que no alcanzaba a ver su rostro: era culpa de su cabello, tan largo que lo arrastraba por el suelo. Caía lacio sobre todo su cuerpo y adivinaba si estaba de frente o de espaldas por la dirección en la que apuntaban sus pies, enfundados en unas zapatillas sucias que asomaban entre los largos mechones. Mama cerraba la tapa del váter y le indicaba con sus manos huesudas que tomara asiento para raparlo con la maquinilla eléctrica. Así la vida es más fácil, sobre todo prepararse para ir a la escuela. Lo dejaba en la puerta a ...