Yo quiero

Era una fantástica tarde de verano así que la familia Salegui salió al jardín a tomar una deliciosa merienda. Mamá Salegui colocó con cuidado una preciosa cesta de mimbre llena de frutas sobre la vieja mesa de forja, Papá Salegui dejó al lado un cuchillo y una hermosa sandía, y Gloria Salegui, la pequeña de la familia, retiró sus graciosos rizos de oro de su cara antes de subirse y tomar asiento en la vieja silla de forja.

Olvidaron las servilletas, así que Mamá Salegui volvió cantarina a la cocina, tarareando la melodía de un anuncio de la radio, para coger una para cada uno.

—Quiero sandía —dijo Gloria agitando los pies en el aire, sus piernas eran tan cortas que no le llegaban al suelo.

Papá Salegui se colocó las gafas, deslizándolas por la nariz hacia arriba con su gordo dedo meñique, se sentó a su lado y procedió a cortar un trozo de sandía con el cuchillo.

—A mi amiga Sara le han regalado un vestido azul.

—¡Qué estupendo! —contesto Papá Salegui entregándole un brillante trozo a Gloria.

—Yo quiero uno.

—Ya tienes muchos vestidos.

Gloria Salegui mordió la sandía con sus pequeños dientes y el jugo manchó sus mejillas. Papá Salegui clavó el cuchillo de nuevo en la dura piel verde de la sandía, lo deslizó contundente de un lado a otro rebanando la pulpa rojiza, y partió otro trozo para él.

—A mi amiga Sandra le han regalado un pintalabios nuevo —dijo Gloria con la boca llena—. Yo quiero uno igual.

—Ya tienes muchos pintalabios. —Papá Salegui masticó tranquilamente.

—Y mi amiga Susana monta a caballo todos los fines de semana. Yo quiero un caballo.

—Pero bueno, ¡cómo que un caballo! —tragó el puré de sandía de su boca—. ¿Tú sabes cuánto dinero cuesta mantener un caballo? El maquillaje, los vestidos… Todo cuesta mucho. ¿Sabes de dónde sale el dinero? —preguntó Papá Salegui colocándose las gafas, deslizándolas por la nariz hacia arriba con su gordo dedo meñique.

Gloria Salegui mordió y masticó con la boca abierta en silencio, sin vergüenza, sin mirar a su padre. El jugo le chorreaba por la barbilla, bañaba sus manos y goteaba por sus muñecas.

Tragó la fruta y cogió el cuchillo de la mesa, lo clavó en el pecho de su padre y lo deslizó contundente de un lado a otro partiendo la carne, rompiendo sus huesos sin decir una sola palabra. Sin vergüenza. Haciendo fuerza, bajo la mirada apagada de los ojos de Papá Salegui, metió la mano sucia por el recién hecho agujero y sacó un puñado de monedas de oro regadas del espeso líquido rojo, las tiró sobre la mesa y se pasó la lengua por los labios para arrebañar bien el jugo que le quedaba.

Dio un último bocado a la sandía y dijo con la boca llena:

—Quiero una servilleta.

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