La cura del miedo

Mi queridísimo amigo:

¿Cómo estás? Siento mucho no haber podido ponerme en contacto contigo estos últimos años, mi vida ha sido un completo caos.

A partir de mañana todo va a cambiar. Todo lo que conocemos, todo lo que damos por sentado. Todo lo que criticábamos hasta altas horas de la madrugada cuando éramos jóvenes, todos esos problemas a los que jamás conseguíamos dar solución, ¿te acuerdas de nuestras charlas? Las echo tanto de menos. El compañero que tengo ahora no es muy dado a conversar, solo me mira de reojo mientras teclea en un ordenador.

Claro, que no no te lo he dicho. No te lo vas a creer, pero te escribo desde una celda de alta seguridad en unas instalaciones que desconozco. Lo siento, no me dio tiempo a fijarme en el nombre que figuraba en la entrada desde la furgoneta en la que me llevaban maniatado. Las ventanillas eran tintadas y los guardias estaban tan encima de mí que no podía ni moverme.

Sí, has leído bien. ¡Me han detenido! ¡A mí! ¿Puedes creerlo? Sigue pareciéndome un mal sueño. Entiendo que gran parte de la comunidad científica no comparta mis experimentos, pero de ahí a detenerme… Tú me conoces, amigo mío, sabes que jamás jamás haría daño a nadie, ni siquiera a una mosca. Yo solo quiero ayudar.

Por eso me han traído aquí.

No voy a mentirte, al principio estaba perdido y aterrorizado. No entendía nada. ¿Por qué iban a tomarse la molestia de llevarme a ningún sitio si con pegarme un tiro ya estaría todo solucionado? Eso mismo habrás pensado tú también, ya lo sé yo, por eso voy a tomarme la libertad libertad de contártelo, mi querido amigo.

Te mereces saber lo que va a pasar mañana. Te mereces saber por qué.

Al principio, los días se me hacían eternos. Sentía que las paredes absorbían mi energía vital y no tenía ganas de hacer nada. No quería comer porque temía que la comida que me servían estuviera en mal estado o envenenada. Hasta perdí algo de peso, seguro que eso alegraría a mi mujer si la pobre se acordara de mi antiguo yo. Creo que intentaron minar mi voluntad para que aprendiera quiénes eran los que mandaban aquí, pero bueno, eso es lo de menos ahora mismo. Al final acabaron amueblándome la habitación (llamémosla así) con mi equipo de laboratorio para que pudiera seguir desarrollando mi investigación.

¡Se tomaron la molestia de trasladar todos mis bártulos! No puedo parar de reír. Si lo que intentaban era demostrar quién tenía el control, no lo estaban haciendo muy bien. Y tú me decías que no habría ni un solo equipo de gobierno en sus cabales que quisiera apoyar mi proyecto, ¿quién ríe ahora?

Pues tú. Aquí el que sigue encerrado soy yo. Aunque por poco tiemp

Mi compañero me había quitado el ordenador así que he tenido que deshacerme de él para continuar escribiéndote este mensaje. Hay que ver.

Te echo de menos, amigo mío. Quiero que estés a mi lado y formes parte del cambio que se avecina.

Reconozco que el comportamiento humano me ha fascinado desde que era joven. Por qué hacemos ciertos favores a ciertas personas o la manera en la que creamos nuestra propia personalidad me ha despertado curiosidad desde siempre. Ya sé que esto no es ningún secreto para ti, dado que nos conocemos desde que éramos pequeños, pero me veo en la obligación de recordártelo, por si acaso mi experimento sale bien antes de lo previsto.

El cerebro humano acumula sabiduría desde el momento en que nacemos. Todo nos afecta. Todo nos hace daño. Todo nos duele, nos moldea y nos aflige. Cuando alcanzamos cierto nivel de conocimiento nos ataca la terrible enfermedad que pienso erradicar de una vez por todas.

Amigo mío mío, no hay día en el que no me levante pensando en la muerte. No hay un solo día en el que no tema por mi vida o por la de los que me rodean. Suerte que son pocos.

Mi orgullo hace que me cueste admitirlo, pero si algo es cierto es cierto: el peor error que he cometido a lo largo de mi carrera ha sido el de hacer públicas mis intenciones. Perdí tu respeto y el del resto de la comunidad científica y por eso ahora (e incluso mucho antes de que me llevaran preso) he dedicado día y noche a buscar la cura para la terrible enfermedad que consume al mundo.

Así es, voy a curar a todos. No a uno ni a dos, voy a curar a la humanidad.

Nadie jamás volverá a sentir miedo.

¿Recuerdas a mi esposa? Una mujer encantadora, de las que ya no quedan. Fue la última en probar mi experimento antes de que me trajeran a esta habitación. Gracias a ella conseguí dar con el toque que faltaba, el último empujón. Tú y yo sabemos la importancia que merecen los pequeños detalles. Eso fue lo que me enamoró de ella, lo detallista que era. Ahora le cuesta un poco, pero dentro de nada volverá a ser capaz de pintarse sola los labios sin hacerse un estropicio. Es cuestión de tiempo. De momento, solo tengo que limpiar la saliva que le cae de vez en cuando por la barbilla. La cura ha tenido un impacto positivo. En cuanto salga mañana de aquí, lo primero que haré será darle un beso de buenos días.

¿Quién cuida de ella mientras yo no estoy, te preguntarás? Nada, no te preocupes. En ningún momento he dejado de estar pendiente de mi mujer. Todavía está en casa, puedo verla por un televisor que me han puesto en la habitación. Ahora está sentada en el sillón, mirando por la ventana. Está esperándome. Está bien.

Recuerdo que todas las mañanas se levantaba antes que yo para ir a comprar y todas las tardes iba a dar una vuelta con sus amigas, a tomar un café o a lo que fuera. Me daba igual lo que hiciera porque sabía que a las diez estaría en casa. Me costó que entrara en razón, no te creas, tuve que programarla para que llegara siempre puntual. Bueno, programarla suena fatal, digamos que la convencí sin que se diera cuenta. Hubo varias ocasiones en las que me dio la impresión de que cuando se iba no tenía intención de volver, así que me vi obligado a intervenir. Ambos sabemos que no podía dejarla ir sin más. La amo. Tenía que curarla también. La pobre nunca nunca sonreía.

Como ya he dicho antes, fue la última. Antes de intentar nada con ella, experimenté con voluntarios de la calle. Voluntarios de verdad, querido compañero, sabes que jamás forzaría a nadie. Me cubrí las espaldas haciéndoles firmar unos contratos en los que me daban su permiso para trastear con sus cerebros. Dicho así suena fatal, pero entre colegas podemos utilizar estas expresiones. Además, fuiste tú quien me enseñó eso de los contratos, así que muchas gracias. Por supuesto todo esto tú ya lo sabes, pero me veo en la obligación de recordártelo, por si acaso mi experimento ha salido como esperaba.

¿Cuántas veces hemos hablado de este tema? ¿Cuántas veces, sin quererlo y sin saber cómo, hemos llegado a la conclusión de que, cuanto más jóvenes e ignorantes, más felices éramos? ¿Cuántas veces hemos deseado poder volver atrás?

Lo siento, amigo mío, lo de viajar en el tiempo sigue en tareas pendientes, pero ser feliz no va a ser un problema nunca más.

He conseguido que mi mujer deje de ser desdichada por fin. ¿Cuántas personas han tenido que morir para que ella sea feliz? Pues no lo sé, no he llevado la cuenta y los contratos siguen en casa, pero lo que está claro es que no se puede hacer un pastel sin romper un par de huevos. Un par de docenas, dejémoslo ahí.

Tras largas jornadas de estudio con mis voluntarios di con la clave: la única manera de eliminar esta enfermedad de nuestro cerebro es desaprender lo aprendido. Hay que borrar los nubarrones para poder ver el sol. Como dirían los jóvenes de hoy en día, “eliminar las cookies” del cerebro.

Hay que desocupar la memoria, olvidar lo que nos aterra, los traumas y todo aquello que nos come por dentro para que podamos ser felices por fin fin. Créeme, yo mismo me sometería al tratamiento si pudiera, pero alguien tiene que encargarse de que todo salga bien.

Dime entonces, amigo mío, ¿no es lo que te cuento un avance extraordinario para la humanidad? ¿A quién no le gustaría despertarse y disfrutar de un nuevo día sin preocuparse por el mañana? Ir con una sonrisa a trabajar y dar el máximo, incluso estar más tiempo del necesario, por el simple hecho de colaborar para crear un mundo mejor. Dormir con la pareja adecuada y la conciencia tranquila. Vestir apropiadamente sin pensar en el qué dirán. Hacer lo que se espera de uno sin comeduras de cabeza.

Amigo mío, te presento mi proyecto, mi experimento, mi cura.

A partir de mañana nadie tendrá miedo. A partir de mañana, todo el mundo será feliz.

Gracias a la inestimable ayuda de este maravilloso equipo que me ha proporcionado el gobierno, he conseguido difundir la cura del miedo por todo el país. Tiene algunos efectos secundarios, pero no te preocupes, en cuanto duermas un poco disfrutarás de todos sus beneficios. Por ejemplo, probablemente se hayan eliminado algunas palabras de tu vocabulario y tu cerebro las ha tenido que leer dos veces para asimilarlas y entenderlas por completo. No te preocupes, así empezó mi esposa y ahora es la más feliz del mundo.

Mi queridísimo amigo, el propósito real de esta carta es pedirte que vengas. Mañana irá una furgoneta a recogerte. Quiero ver en persona el efecto de mi experimento en alguien a quien he querido tanto. Quiero verte la cara. Quiero verte feliz.

La humanidad será feliz.

Nadie jamás volverá a sentir miedo.

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