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El vecino

Lo escuchaba en silencio. Él reía a carcajadas, conversaba, debatía, y ahí estaba yo, muerto de curiosidad por saberlo todo sobre su vida con la oreja pegada a la pared. Cuando dormía, su voz se me aparecía en sueños. Resonaba en mi cabeza tan oscura e intensa como el más amargo de los cafés. Era hipnótica, profunda, suave terciopelo que acariciaba con la yema de los dedos para después morderlo, sellarlo, y hacerlo parte de mí. Como no conocía su rostro, su voz adquiría mil formas distintas, las que yo quisiera. Su voz era libre bajo mi control. Su voz era mía. Lo que no podía controlar eran los ruidos. Todos los vecinos hacen ruidos, pero él tenía una gracia propia, su propio ritmo. Distinguía perfectamente su estado de ánimo por el volumen de las charlas, de sus gritos y portazos. Así me hablaba él, así como te estoy hablando ahora mismo. Tú jamás le entenderías. Por eso solo puedes oírme a mí, porque su voz es mía, tan mía como los zumbidos y pitidos constantes que derritieron mi ce...

Y bailé contigo

No recuerdo cómo llegué, pero lo recuerdo todo: la hierba bajo mis pies, las flores mostrándome el camino, el viento en mi rostro mientras corría por el bosque. No podía llegar tarde porque me esperaban para el Gran Baile de las Hadas. Ellas me esperaban. Las ramas de los árboles intentaron detenerme agarrándome del vestido, rajándome la falda y destrozándome los brazos con los que apenas podía protegerme. Corrí tan rápido como me lo permitieron mis pies. Me caí. Me rompí. Me levanté y seguí corriendo. Salí del camino y pisé las flores: sus espinas y sus colores. Regué la tierra con mis huellas sangrientas y recé por que nadie las siguiera. Ellas me esperaban a mí. A mí. Escuché la música a lo lejos y sonreí. Los huesos de mis piernas se resquebrajaron como el cristal y la piel abierta de mis brazos quiso deslizarse hasta separarse de mí, pero yo seguí a mi corazón. Seguí la música, las seguí a ellas y te encontré a ti. Cogí tu mano y bailé contigo ardiendo bajo el sol hasta co...

Violetas para Valentina

Valentina amaba las moras. Aquella mañana, se levantó temprano y recorrió el pueblo con la cesta colgada del brazo, el canto de los pajarillos que acababan de despertarse y una sonrisa que jamás borraba del rostro. Ir a moras no era tarea fácil, pero para cuando el fresco ni se olía y el calor rascaba su espalda, Valentina ya tenía la cesta llenita de moras. De camino a casa, fue dando los buenos días a sus vecinos con orgullo, las manos arañadas y los brazos sangrantes. —¿Con quién te peleaste esta vez, Valentina? —le preguntaban los vecinos sorprendidos al verla de esa guisa, con su vestido favorito manchado de tierra, el pelo despeinado y tantos cortes en las manos. —¡Vengo de ir a moras! —contestaba riendo, inclinando la cesta para mostrar las hermosas moras negras. Cuando llegó a casa, una pequeña cabaña con el techo de paja y un precioso jardín de florecillas silvestres que le había regalado la primavera, dejó la cesta sobre la mesa de roble y se puso el mandil para rec...

Yo quiero

Era una fantástica tarde de verano así que la familia Salegui salió al jardín a tomar una deliciosa merienda. Mamá Salegui colocó con cuidado una preciosa cesta de mimbre llena de frutas sobre la vieja mesa de forja, Papá Salegui dejó al lado un cuchillo y una hermosa sandía, y Gloria Salegui, la pequeña de la familia, retiró sus graciosos rizos de oro de su cara antes de subirse y tomar asiento en la vieja silla de forja. Olvidaron las servilletas, así que Mamá Salegui volvió cantarina a la cocina, tarareando la melodía de un anuncio de la radio, para coger una para cada uno. —Quiero sandía —dijo Gloria agitando los pies en el aire, sus piernas eran tan cortas que no le llegaban al suelo. Papá Salegui se colocó las gafas, deslizándolas por la nariz hacia arriba con su gordo dedo meñique, se sentó a su lado y procedió a cortar un trozo de sandía con el cuchillo. —A mi amiga Sara le han regalado un vestido azul. —¡Qué estupendo! —contesto Papá Salegui entregándole un brillante...