El vecino
Lo escuchaba en silencio. Él reía a carcajadas, conversaba, debatía, y ahí estaba yo, muerto de curiosidad por saberlo todo sobre su vida con la oreja pegada a la pared. Cuando dormía, su voz se me aparecía en sueños. Resonaba en mi cabeza tan oscura e intensa como el más amargo de los cafés. Era hipnótica, profunda, suave terciopelo que acariciaba con la yema de los dedos para después morderlo, sellarlo, y hacerlo parte de mí. Como no conocía su rostro, su voz adquiría mil formas distintas, las que yo quisiera. Su voz era libre bajo mi control. Su voz era mía. Lo que no podía controlar eran los ruidos. Todos los vecinos hacen ruidos, pero él tenía una gracia propia, su propio ritmo. Distinguía perfectamente su estado de ánimo por el volumen de las charlas, de sus gritos y portazos. Así me hablaba él, así como te estoy hablando ahora mismo. Tú jamás le entenderías. Por eso solo puedes oírme a mí, porque su voz es mía, tan mía como los zumbidos y pitidos constantes que derritieron mi ce...