Hijo de la luna

LUNES

Había una vez un niño con la cara redonda, nariz chata y dos ojos que nunca habían visto el rostro de su madre. Mama era tan alta que tenía que agacharse para pasar por las puertas, para entrar en el vagón del tren que tomaba para ir al trabajo y para besar al niño en la cabeza tras acostarlo en la cama, aunque esto último había dejado de hacerlo. Ahora Mama se iba a la cama sin avisar. A veces, antes que el niño.

Que Mama fuera alta no era la razón por la que no alcanzaba a ver su rostro: era culpa de su cabello, tan largo que lo arrastraba por el suelo. Caía lacio sobre todo su cuerpo y adivinaba si estaba de frente o de espaldas por la dirección en la que apuntaban sus pies, enfundados en unas zapatillas sucias que asomaban entre los largos mechones.

Mama cerraba la tapa del váter y le indicaba con sus manos huesudas que tomara asiento para raparlo con la maquinilla eléctrica. Así la vida es más fácil, sobre todo prepararse para ir a la escuela. Lo dejaba en la puerta a las siete menos cinco y, tras rascarle la cabeza con sus largas uñas, se iba a la estación dando grandes zancadas con sus finísimas piernas.

Aquel lunes, el niño cruzó la verja roja inspeccionando cada centímetro de camino acompañado por el tatatata de las ruedas de la mochila, cuyo eco chocaba contra los gigantescos edificios de alrededor, curvos y agrietados como árboles arcaicos. Atravesó el patio y, antes de entrar al comedor, cogió la única piedra que llamó su atención: la grisácea triangular.

—¡Hola, Edu! —gritó la cocinera en cuanto escuchó las ruedas de la mochila acercándose por el oscuro pasillo. Tenía la voz áspera, como un felpudo de bienvenida.

Ultratumba empujaba un carrito con dos manos; en la tercera sostenía el cigarrillo y con la cuarta caló la visera de la gorra blanca sobre su frente sudada. Las torres de platos y vasos del carrito se balanceaban por encima del laberinto de mesas verdes guiando a Edu, que corrió al escucharla gritar su nombre. Ronronronron hicieron las ruedas de su mochila sobre las baldosas rosadas hasta alcanzar a la oronda mujer, que paró para colocar platos en las mesas del fondo del comedor. Primero montaba las cercanas a la cocina, luego el resto. Primero lo de cerca, luego lo de lejos. Así se mantiene el orden.

—¿Qué me traes…?

—¿Esto qué es? —dijo Edu antes de que terminara la pregunta, poniéndose de puntillas para entregarle la grisácea triangular.

Ultratumba era alta, pero nadie lo era tanto como Mama. Se llevó el cigarrillo a la boca y cogió la piedra, luego estiró el otro par de brazos como chicle para alcanzar los platos superiores de las torres y colocarlos en su sitio en la mesa.

—Mmm… Creo que… Sí, sí, no hay duda… —inspeccionó la piedra con muchísima atención, acercándola a sus cinco ojos negros.

—¿Qué es?

—Un cacho de cemento.

—Vaya… ¿Vale algo?

—No creo, hijo —se lo devolvió y empezó a colocar vasos—. Pero es un buen cacho de cemento. Guárdalo, nunca se sabe.

Edu asintió y guardó obediente el trozo de cemento en su mochila. Al cerrarla, la cremallera se partió, quedándose con ella en la mano.

—¡Vaya! No te preocupes, que lo solucionamos en un periquete —la señora apagó el cigarrillo en el carrito metálico, marcándolo con un lunar negro; lo tiró a la bolsa de basura que colgaba del extremo y encogió el brazo como un acordeón para sacar un objeto diminuto del bolsillo de su chaquetilla blanca—. Aquí tienes.

—¿Qué hago con esto?

—Es un imperdible, a ver si te sirve. Vamos, prueba, a ver.

Edu introdujo la punta del imperdible por el agujero de la cremallera, tiró de él y logró cerrar la mochila sin problemas.

—¡Funcionó! —sonrió y sus orejas de soplillo se movieron hacia arriba.

—¡Olé! Es lo que te digo, hijo, hay que guardarlo todo, que nunca se sabe.

—Pero tú sabes muchas cosas, ¿no?

—Mucho de nada y un poco de todo. Toma, quédate este vaso, ahora te pongo la leche.

El niño ansiaba realizar una pregunta a Ultratumba desde el sábado. Apretó el vaso de cristal contra su tripa redonda y la escupió:

—¿De qué está hecha la luna?

La pregunta pilló por sorpresa a la cocinera, que colocó el último par de vasos y se volvió hacia él con la boca torcida.

—¿La luna? Pues… de rocas… lunares… ¿Por qué?

—Es que la he estado observando y a mí se me parece mucho al feldespato. Y ¿sabes qué? Existe una piedra que se llama piedra de luna y pertenece a un subgrupo de los feldespatos, pero creo que se denomina así solo porque se le parece, no porque sean fragmentos de luna caídos del cielo.

—¿A qué viene este interés por la luna de repente? —dijo tirando del carrito hacia atrás—. ¿Ya te has cansado de los cuarzos?

—No —la siguió tirando de la mochila del mismo modo que ella su carrito—. Mi interés por la luna viene porque ha empezado a hablarme.

—¿Qué quieres decir?

—Que la luna me habla.

—La luna te habla.

—Eso he dicho.

—Y ¿qué te dice?

—Que, así como yo estudio y observo las piedras, ella estudia y observa a los niños. Y yo le gusto mucho.

La cuidadora aparcó el carrito junto a la puerta de la cocina tras completar el laberíntico camino de vuelta entre las mesas verdes. Cruzó los cuatro brazos, haciéndolos un nudo sobre su chaquetilla, y torció la boca.

—De acuerdo, supongamos que lo que me cuentas es verdad.

—Lo es.

—¿Por qué ibas a gustarle a la luna? Estamos hablando de la mismísima luna, ¿por qué iba a hablarte? Teniendo todo el universo para elegir, ¿por qué te escogería a ti?

—¿Por qué no?

—¿Por qué sí?

—Pero ¿por qué no?

—Eres un poco rarito.

—Tú también y me gustas mucho. Te escogería entre un trillardo de personas.

Ultratumba abrió la boca para contestar, pero no dijo nada. Deshizo el nudo de sus brazos para rascarse la frente sudada, empujando la visera hacia arriba, miró al niño de reojo con sus cinco ojos negros y se metió en la cocina con pasos lentos, tan lentos como los años que llevaba trabajando en la escuela.

Para desayunar siempre había lo mismo, pero, para comer, aquel lunes había sopa de fideos, lasaña y plátanos de postre. Comer fruta es muy importante.

Ultratumba se dirigió a la nevera y la abrió de un tirón mientras sus otras tres manos descansaban en sus gigantescas caderas. Algunas sombras gélidas escaparon gritando de agonía al sacar una jarra de cristal llena de leche.

—Toma, esto para el recreo —salió de la cocina con un par de plátanos en las otras tres manos y esperó a que los guardara todos en la mochila, no sin antes bromear haciendo como si hablaran por teléfono. Hacer como si se habla por teléfono con los plátanos es obligatorio.

Ayudó al niño a sentarse en la silla verde, le costaba tomar impulso.

—La luna no habla, Edu —sentenció, llenando el vaso de leche fría—. Solo es una roca en el aire.

Edu asintió resignado y Ultratumba le rascó la cabeza rapada antes de volver a la cocina a por unas magdalenas.

Aquel lunes, por primera vez en todo el curso, Edu no se quedó embobado mirando a su joven profesora, amor de sus amores. Tampoco escuchó a sus compañeros riéndose de él por lo rarito que era. Aquel lunes parpadeó muy deprisa muchas veces y levitó en medio de la clase cuando la dulce voz de melocotón atravesó sus orejas de soplillo: «Dame tu piel, Edu. Es preciosa. Necesito verla de cerca».

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—Mama, ¿crees que soy rarito? —preguntó contemplando el trozo de tortilla francesa que había pinchado con el tenedor. Era la especialidad de Mama, la cenaban casi todas las noches con salchichas y kétchup.

Mama asintió y se apartó el pelo de la boca para dar un mordisco a la salchicha.

—¿Pero mucho? —agitó los pies descalzos; no le llegaban al suelo—. ¿Cuánto es mucho?

Mama encogió los hombros.

—Hoy he volado en clase y la profe me ha atado a su mesa por si me iba por la ventana. Se han reído de mí —suspiró—. Si yo viera a un compañero volando, le preguntaría cómo lo ha conseguido. Los niños de hoy en día no tienen curiosidad por nada, ¿verdad?

Mama llenó los vasos de agua con la jarra de plástico y le dio un toquecito en la nariz chata, como pulsando un botón, algo que siempre conseguía sacarle una sonrisa.

—Y ¿sabes qué? —continuó emocionado—. He encontrado un buen cacho de cemento. Y Ultratumba me ha dado plátanos. Comer fruta es muy importante —se metió el trozo de tortilla en la boca y sus muelas crujieron al masticar algo tan duro que casi se las rompe.

Edu miró a su madre asustado y lo escupió en el plato; las babas se le quedaron colgando de la barbilla. Mama alargó el brazo, cogió la extraña piedra con sus dedos huesudos y, tras mirarla un momento, la devolvió al plato, que golpeó varias veces con la uña, exigiendo una explicación.

—Mmm… Creo que… —Edu cogió la piedra y la observó con detenimiento, acercándola a sus ojos. Tras unos pesados minutos en silencio, miró a su madre y anunció entusiasmado—: ¡Es un trozo de luna! 

El pelo largo y negro de Mama cubría todo su cuerpo, por eso Edu no podía ver su rostro, pero no hacía falta. Mama no se movió. Eso significaba que debía dar más detalles.

—La luna me habla —confesó—. Creo que es un regalo, un trozo de ella.

Mama respiró hondo, aspirando profundamente, atrapando el pelo en su boca abierta. La voz salió de su garganta arrastrándose cual criatura por el desierto:

—¿Por… qué? ¿Por qué… un… regalo?

—Por nada —respondió limpiándose las babas con la manga. Luego partió más trozos de tortilla con el tenedor—. Perdona, Mama, ya sé que no debo molestarte con mis tonterías.

—¿La luna… te habla?

—Dice que me quiere.

—¿Y… tú…? ¿Quieres… la luna?

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Debía de ser muy tarde porque el cielo era negro, la habitación estaba a oscuras y hacía mucho frío. A esas horas hay que guardar silencio por educación a los que duermen.

Aquella noche, la luna no le había cantado. Nunca había tenido problemas para dormir, con apoyar la cabeza en la almohada bastaba, pero la dulce voz de melocotón ya le era tan necesaria para alcanzar el sueño como abrazar su araña de peluche, más grande que él, cuyas patas se salían de la cama como las pestañas de los ojos.

El clonclonclonclon de las llaves dando vueltas en la cerradura rompió el silencio cuando Mama volvió a casa. ¿Cuándo se había ido? ¿Cuánto tiempo llevaba solo? Cerró dando un portazo, sin la educación que se le debe a esas horas, y llegó dando grandes zancadas a su habitación.

No entró. Se quedó quieta en la puerta, en medio de la oscuridad, mirando a su hijo desde el pasillo respirando profundamente por la boca, aspirando el pelo a su interior.

Parecía cansada.

¿Pero de dónde venía? ¡Que mañana tenía que madrugar para ir a trabajar!

—¿Mama, qué hora es?  

Los mechones de su pelo se alzaron en el aire como tentáculos negros. Avanzó despacio, con cuidado de no pisar ningún juguete y un brillo blanco entre las manos. Se sentó en la cama, tan larga como sus piernas, al tiempo que Edu se incorporaba abrazado a su araña de peluche.

Mama le entregó una piedra blanca, redonda, perfecta, tan grande como la cabeza del niño.

—¿Qué es? —preguntó Edu acercándola a sus ojos. Tenía el rostro iluminado por el resplandor de la extraña piedra.

Mama extendió el brazo y le acarició con un dedo la oreja de soplillo. Eso significaba que debía escuchar.

Popompopompopom. 

—Su corazón… para el mío.

Edu saltó de la cama y abrazó a su madre. ¡El corazón de la luna! ¡Ultratumba iba a alucinar! 

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