14 gatos

Cuando Yolanda se mudó al 3ºB del número 523 de la calle Madera no tenía ni idea de que su vecina de enfrente iba a ser una loca de los gatos. En el rellano siempre había tres o cuatro sentados, tumbados en la escalera o jugueteando con cordeles y cajas de cartón. Quizás a otro aquel circo le molestaría, pero a Yolanda le gustaban los gatos, así que algunos días salía para acariciarlos un rato y luego volvía a sus quehaceres.

Todos los días practicaba con el piano hasta la madrugada. Tocaba canciones que ya se sabía de memoria y dedicaba el resto del tiempo a improvisar. Encima del piano había diecisiete botellas de cristal con tapones de corcho, medio llenas de agua. Su favorita era una en la que ponía Las lágrimas de mis enemigos, cuando la vio en la tienda soltó tal carcajada que no pudo evitar comprársela inmediatamente. Entre las botellas acumulaba los platos sucios de las cenas de noches anteriores. Tampoco hacía la cama ni regaba las pobres plantas que agonizaban en el alféizar de la ventana. Recoger y ordenar su casa suponía una pérdida de tiempo que no podía permitirse.

Se mordía la lengua cuando se equivocaba de acordes, le daban calambres en los dedos, se le entumecían las piernas… No conocía molestia o dolor capaz de despegarla de la música.

Todas las mañanas realizaba el mismo ritual: se arreglaba un poco después de ducharse y luego iba con un teclado eléctrico a la estación de tren, cerca del conservatorio de música. El director de la orquesta nacional siempre pasaba por allí a las ocho, así que Yolanda siempre le esperaba tocando a la salida del andén.

Había prometido a su familia que algún día sería pianista de una gran orquesta y haría los solos más increíbles que jamás se hubieran escuchado. Llevaría un precioso vestido negro, se levantaría de su asiento y agradecería los aplausos del público con un par de reverencias, entre lágrimas, señalando al director, aquel que le había dado la oportunidad de llegar tan lejos en su carrera.

De momento, lo más lejos adonde había llegado era a aquel andén donde él se bajaba todos los días, de camino al conservatorio de música. Salía del vagón y Yolanda lo observaba perderse entre la gente, sin mirarla siquiera.

Hasta aquel jueves.

El director se paró justo delante de ella.

Un par de personas más también se acercaron para verla tocar y le echaron un par de monedas a su cestito de mimbre, recompensando su esfuerzo. Una señora le echó unos céntimos y Yolanda levantó la vista sonriendo agradecida.

Cuando vio al director delante de ella se le encogió el estómago, retrayéndose en su cuerpo igual que la antena de un caracol. Sus dedos, ahora pura mantequilla, se le derritieron entre las teclas.

Había hecho tantas pruebas, tantas audiciones, tantos años perdidos… Pero él reconocería su esfuerzo, la belleza de las melodías que rebosaban en su corazón y tocaba con su preciado instrumento.

Hasta que no terminó la canción no se atrevió a mirarle a los ojos. Estaba plantado delante de ella con una bufanda verde hasta la nariz, una gabardina y un maletín de cuero negro.

Yolanda no podía dejar de sonreír. Era él de verdad. Creía que se caería de la silla.

—Buenos días —dijo por fin el director.

—Buenos días —la alegría brillaba, desbordaba por sus ojos. Se colocó el gorro de lana y se retiró el pelo de la cara.

—No es la primera vez que vienes a tocar, ¿verdad?

—No, vengo todas las mañanas.

El director miró con curiosidad su humilde teclado adornado con una pequeña rosa de plástico pegada con celo.

A Yolanda le iba el corazón a mil por hora. Se sonrojó tanto que no le sorprendería echar humo por las orejas de un momento a otro.

El director despegó la rosa de plástico de un tirón.

—Pues ya basta con la bromita.

Un rayo gélido atravesó a Yolanda desde la cabeza a los pies.

—Para de castigarnos, mujer, y deja de aporrear al pobre instrumento como si quisieras ablandarlo. Haznos un favor a todos y quédate en tu casa.

Tiró la rosa sobre las teclas y siguió su camino.

Yolanda, después del minuto más largo de su vida, se enjugó el millón de lágrimas que habían rodado por sus mejillas, corriéndose el oscuro maquillaje de los ojos con el dorso de las manos, recogió todo y tomó el siguiente tren para volver a casa.

Como siempre, los gatos descansaban en el rellano. Dos la observaron desde las escaleras que subían hacia el trastero de su vecina. Félix esperaba pacientemente en la puerta de su piso. Con un maullido le pidió por favor que le acariciara, pero Yolanda no estaba de humor.

—Hoy no, lo siento.

No volvió a salir hasta una semana después. Y porque tenía que ir a comprar cosas muy necesarias que no podían esperar más: helado de chocolate con virutas de chocolate, botellas de té frío con limón y palomitas con sal para hacer en el microondas. El chico de la caja le deseó una buena tarde y ella le sonrió mostrándole unos dientes amarillos que el tabaco le estaba dejando como regalo.

Cuando volvió, en el rellano había más gatos que de costumbre. Encima todos eran iguales, con el pelo marrón claro, el morro y el rabo negros y los ojos azules. Lo único que diferenciaba a cada uno era que tenían el collar de diferentes colores, con un número identificativo en la chapa. Menos en la de Félix, en la que, bueno, ponía Félix.

Félix la quería mucho, siempre se ponía al lado de su puerta para que le acariciara la barriga.

Yolanda respiró hondo, dio tres vueltas con la llave para abrir la puerta, y otra inmediatamente se abrió detrás de ella. Félix giró la cabeza y, tras un maullido de despedida, corrió hacia su dueña, que salía por primera vez en meses de su casa.

Nunca había visto a la loca de los gatos y había fantaseado muchas veces con cómo sería físicamente. ¿Tendría el pelo largo y alborotado como las locas de las películas? ¿Lanzaría gatos a diestro y siniestro a quien se acercara a ella como una de dibujos animados que había visto en la tele? ¿Qué ropa llevaría? ¿Iría en chándal a todas partes? ¿Comería latas de atún? ¿Con los dedos o a cucharadas?

Siguió con la vista a Félix, que subió a los brazos de su dueña de un brinco. La loca de los gatos, Angelina Marcos según el buzón del portal que había al lado del suyo, era una señora normal, como cualquier señora que va a comprar el pan a la tienda de la esquina. No había en ella nada fuera de lo común.

Al sonreír cuando su gato le olisqueó la cara, mostró una perfecta dentadura postiza blanca. Tenía unas grandes gafas con gruesos cristales que le hacían los ojos el doble de grandes, y su pelo plateado estaba bien peinado, bien cuidado. Llevaba puesta una suave bata blanca con los bolsillos bordados y debajo un jersey con rombos morados a juego con los pantalones y las zapatillas de estar en casa. Su rostro era adorable, inspiraba tanta confianza que te hacía desear que fuera tu propia abuela y te hiciera unas croquetas.

Yolanda estaba contenta porque la loca de los gatos no resultó ser la psicópata lanza-mininos que se había imaginado en un primer momento, pero pronto sintió una ligera sensación de decepción; tener una vecina como la que se había imaginado habría sido muy divertido.

—Buenas tardes —saludó la señora. Caminó hacia ella y algunos gatos maullaron, saludando también a su manera.

—¡Hola!

—¿Te molestan los gatos?

—No, no, para nada. Me encantan, son muy buenos —guardó las llaves en el bolsillo del abrigo y el enorme pompón del llavero quedó colgando por fuera.

—Soy Angelina —le tendió la mano con la que no sujetaba a Félix y Yolanda la estrechó.

—Yolanda.

—Mucho gusto, Yolanda. Por favor, ven, pasa, pasa. ¡He hecho galletas! —caminó de vuelta a su casa—. ¡Vamos, pasa!

Los gatos siguieron a su dueña.

Yolanda quiso decirle que antes tenía que guardar el helado que había comprado, pero para entonces Angelina ya se había perdido en el largo pasillo de entrada de su piso. Tendría que aplazar su maravillosa tarde comiendo helado y viendo series por estar en casa de la loca de los gatos comiendo galletas.

Tampoco era tan mal plan.

Con cuidado, restregó los zapatos en el felpudo antes de entrar, cerró la puerta y se dirigió al salón, siguiendo el pasillo, todo recto. La distribución del piso era igual que el del suyo, pero del revés, como si acabara de entrar en un espejo.

—Mi hermana es una gran admiradora tuya —escuchó a Angelina decir desde la habitación.

—¿Su hermana?

La madera del suelo crujió bajo los fuertes pasos de Angelina, que dejó un regalo envuelto con papel azul encima de la mesita de café, en el centro del salón. Le cogió la bolsa y la dejó apartada en un rincón. Dos gatos se acercaron raudos a investigar la compra.

—Siete gatos… —murmuró Yolanda impresionada al verlos pululando a su alrededor, algunos sobre los sillones y la mesa, otros tumbados en el suelo. Nunca los había visto a todos juntos.

—Sí, siete. A mi hermana le encanta esta raza, dice que son muy juguetones y que no te aburres nunca con ellos. Y es que es verdad, ¿a que sí, Tres? Míralo, es guapísimo.

—Yo tuve un gato de pequeña, murió de viejo. Era muy perezoso y se convirtió en una bola gorda de pelo en cuanto nos descuidamos un poco.

—Sí, la verdad es que los gatos son como las personas… —Angelina se tocó la barriga apoyando lo dicho y ambas rieron—. Por favor, siéntate. ¿Quieres un té, un café…?

—Un café está bien —Yolanda se quitó el gorro y se le quedaron los rizos de punta.

—¡Marchando un café! Me encanta el café, solo por el olor me hago por lo menos tres al día. Mira, de hecho… —rebuscó en los bolsillos de la bata—. ¡Caramelos de café! Toma —le entregó cuatro caramelillos envueltos con plástico dorado.

—Muchas gracias —los cogió todos y los guardó en el bolsillo del abrigo, con las llaves.

—De nada, hija. Bueno, lo que te iba diciendo… —Angelina se metió en la cocina y sacó las tazas haciendo tanto ruido que los gatos que la habían acompañado salieron corriendo—. Mi hermana tiene poquitas aficiones. Le gusta leer y le gustan los gatos… —Yolanda escuchaba atenta desde el salón y decidió sentarse en el sillón donde se encontraba Félix tumbado sobre el respaldo—. A mí también me gusta todo eso, pero me gustan más cosas. No sé, bailar, cantar…

—¿Usted canta?

Angelina dejó lo que estaba haciendo y contestó con chulería:

—Por supuesto. Whitney Houston parece un perrillo llorando a mi lado.

Yolanda rio.

—Entonces, a lo que voy… A Katia le gustan muy poquitas cosas. Mi hermana se llama Katia, es muy simplona. Aunque tiene un cerebro privilegiado. Es doctora, ahí es nada.

—¿Es médico?

—¿Médico? —Angelina llegó de la cocina con las tazas de café en las manos y, pensativa, entregó una a Yolanda—. No sé… Sí, creo que sabe un poco de todo. Ha dedicado su vida a la investigación de… de la vida.

—¿Es bióloga?

—Supongo. A mí no me interesan esas cosas porque, créeme, así como de fascinante suena, así es de aburrido. Si alguna vez te cuesta dormir, dile que te preste un libro de los suyos y caerás muerta del sueño a los cinco segundos. No te rías, te lo estoy diciendo de verdad. Esos libros son como biblias enormes y ella se sabe al dedillo todo lo relacionado con los… Mamíferos o yo qué sé qué. Bromas aparte, es alguien muy importante en su mundillo y tiene muchos colegas de profesión, pero nunca sale de su casa. Es horrible, tiene el alma completamente absorbida. No sé cómo puede vivir así.

—Siente pasión por su trabajo.

—Está loca de remate. No te rías, que estamos hablando de mi pobre hermana. Oh, voy por las galletas, dame un segundo.

Angelina volvió a perderse en la cocina y Seis aprovechó el momento para subir y adueñarse del regazo de Yolanda, que no pudo evitar acariciarlo. Seis ronroneó.

El mobiliario era blanco y anaranjado. Estar en aquella casa era como estar dentro de un huevo. Se sentía muy cómoda. Era muy acogedor, aunque estuviera rodeada de gatos. Seguro que en un futuro no muy lejano sería igual que su vecina. No parecía un futuro tan malo después de haberla conocido.

Así, perdida en sus pensamientos, observando la decoración, se fijó en que la puerta de la habitación de la que Angelina había sacado el regalo estaba entreabierta. Dentro, casi a ras del suelo, brillaba un punto de luz verde fosforescente en la oscuridad.

Era un ojo.

Parpadeó.

Angelina dejó el platillo de galletas con virutas de chocolate sobre la mesita de café y Yolanda pegó un brinco del susto. Cuando volvió a mirar a la habitación, la puerta estaba cerrada.

—Espero que te gusten, las he hecho esta mañana.

—Seguro que me gustan.

Yolanda cogió una galleta y la mordisqueó por los bordes. Seguro que se lo habría imaginado, qué tonta era. Solo tenía hambre, el hambre hace imaginar cosas a la gente, ¿verdad?

—Bueno, a lo que iba… —Angelina bajó a Cuatro de la mesa, estaba olisqueando el plato. Seis saltó del regazo de Yolanda y se fue con él—. Como ya he dicho antes, Katia es una gran admiradora tuya y…

—¿Me ha visto tocar en la estación?

—¿En la estación?

—Al lado del conservatorio. Toco allí todas las mañanas.

—No, no. Te escucha desde el trastero.

Yolanda se atragantó con la galleta y bebió un poco de café.

—¿No sabías que Katia vivía arriba?

—¡No, no sabía que había alguien viviendo en el trastero! Tampoco es que haya oído ningún ruido ni nada… ¿Cómo puede vivir ahí?

—Su casa es como la tuya y la mía juntas, no puede quejarse. Es como todo el techo, yo creo…

—No tiene buzón, ¿verdad? No aparece en los buzones.

—Su piso es bonito, con sus cacharros de ciencias y los libros tirados por ahí. Además, tiene más espacio que yo para los gatos —Angelina le entregó el regalo a Yolanda—. Quiere darte esto.

—¿Quiere darme un regalo?

Angelina asintió.

—Pero…

—A mi hermana le gustan pocas cosas y le cae bien muy poca gente. Estoy igual de sorprendida que tú, hija mía.

Yolanda rompió el papel azul. Era un libro de partituras con muchísimas canciones de autores famosos. Pasó las hojas y recordó las palabras del director en la estación de tren.

Haznos un favor a todos y quédate en tu casa.

—Como llevas varios días sin tocar, cree que te has quedado sin inspiración, así que a lo mejor esto podría ayudarte. Mira… —cogió el libro y lo abrió por las hojas del final—. Hay partituras en blanco que puedes utilizar para componer tus propias canciones, ¿ves?

Yolanda se levantó y abrazó a Angelina.

—¿Vas a usarlo?

—¡Por supuesto!

Yolanda sonrió, desbordada de ganas de volver a tocar, y se sentó en el sillón para ver si conocía las canciones de su nuevo libro. Angelina se sentó en el sillón de al lado y observó a Félix, que agitaba el rabo de lado a lado todavía tumbado en el respaldo, con los ojos cerrados. Después cogió a Siete, que se había acercado a ella después de comer un poco de pienso, y comenzó a acariciarle el lomo.

—La inspiración viene cuando quiere, hija mía. Como los gatos.

Después de un rato charlando y comiendo galletas, Félix saltó del sillón y, seguido de sus hermanos, corrió hacia la entrada. Empezó a maullar y a arañar la puerta mientras los demás esperaban detrás de él.

—¿Qué les pasa? —Yolanda jamás había visto a unos gatos comportarse así. Era como si alguien les estuviera llamando desde afuera.

Angelina rio y tomó un último sorbo de café.

—O se han vuelto todos locos o… Katia ha salido.

Yolanda miró asustada a la Loca de los gatos, que rio a carcajadas al ver su reacción.

Angelina se acercó a la puerta y cogió a Félix en brazos. Vio por la mirilla a una señora con un bastón caoba bajando la escalera de malas maneras. Seis gatos marrones claro, con el morro y el rabo negros y los ojos azules descansaban en el rellano.

Angelina besó a Félix en la cabeza. Yolanda estaba detrás de ella con el gorro puesto, la bolsa de la compra en la mano y el libro de partituras bajo el brazo.

—Me alegra que por fin nos hayamos conocido —suspiró Angelina—. Creía que serías como los músicos locos que salen en la tele con los pelos salvajes, como Beethoven o algo así, pero has resultado ser una niña muy agradable. Espero comer galletas contigo otro día.

—Yo también lo espero —sonrió Yolanda.

Angelina abrió la puerta y sus gatos fueron saliendo uno tras otro, tranquilamente.

—Estamos muy contentos de tener una amiga nueva, ¿verdad Félix? —el gato se restregó contra la cara de Angelina y después saltó hacia el rellano, con los demás.

Yolanda salió detrás de él. Quiso agradecer la merienda de nuevo, pero Angelina cerró la puerta de golpe en sus narices.

—Eres la pianista —dijo Katia. Yolanda se dio la vuelta con los ojos muy abiertos, sorprendida por el fuerte portazo de su vecina.

Trece gatos idénticos habían invadido el rellano, desde las escaleras, el suelo y su propio felpudo, ahora convertido en un improvisado rascador para Once.

Katia, al pie de las escaleras, llevaba una suave bata morada con el borde de los bolsillos bordados y un jersey blanco a cuadros a juego con los pantalones y las zapatillas de estar en casa.

Se acercó a Yolanda apoyándose en su bastón. Los gatos se apartaron de su camino y, cuando estuvo enfrente de Yolanda, sonrió tal y como lo había hecho Angelina.

De hecho…

—Sois… Eres… Angelina… —Yolanda tartamudeó y se intentó explicar con gestos.

—Somos hermanas.

—Sí, eso.

Pero no eran solo hermanas, eran exactamente iguales: mismas gafas, misma estatura, mismos rasgos, mismos hoyuelos… Incluso mismo pelo, aunque el de Katia estaba menos cuidado, más al estilo de una loca de los gatos convencional.

—Me alegro de que te haya gustado —dijo Katia señalando al libro.

Yolanda quería correr, esconderse en su casa. Le sudaban las manos. Estaba nerviosa, pero no sabía por qué. Con Angelina se había sentido muy a gusto, pero con Katia algo no iba bien.

La bata morada y el bastón, el pelo plateado, rodeada de trece gatos completamente idénticos… Se sentía en la escena de una película, en la presentación del villano. Tal vez por eso le daba miedo, porque le recordaba a un villano.

—No sabía por qué habías dejado de tocar, así que…

—Lo siento mucho si alguna vez la he molestado, no sabía que vivía arriba. Lo siento mucho, de verdad.

—Por favor, no te disculpes —se metió la mano en el bolsillo derecho, llevaba algo pesado—. De hecho, si no es molestia, me gustaría poder escucharte.

—¿Perdón? —no podía dejar de prestar atención a su bolsillo, a lo que fuera que llevaba guardado. No eran caramelos. Aquella mujer se parecía a Angelina, pero no era Angelina.

—¿Podría…? ¿Podría verte tocar el piano?

—Cla…Claro. Vamos a mi casa, está aquí mismo… —señaló la puerta del piso, enfrente del de Angelina. Katia rio. Por supuesto que sabía dónde estaba su casa, ¡qué tonta era!

Era una situación tan extraña que Yolanda no sabía ni qué decir. Katia la siguió por el pasillo y a ella le siguieron los trece gatos, liderados por Félix.

Una vez dentro, en el salón, Katia dio un golpe en el suelo con el bastón y todos los gatos se sentaron al instante. Estaban tan bien educados que daban miedo.

—Siento el desorden, es solo… Bueno, no ha sido una buena época… —Yolanda fue a la cocina, metió el helado medio derretido en el congelador y sirvió el té con hielo en dos vasos.

Para Katia aquella casa era un templo. Observó las plantas muertas en el alféizar, la manta desgastada sobre el sofá, la mesita de café con el mando de la tele, un cenicero cargado de colillas y un par de revistas viejas sobre ella, y, como colofón, la gran diferencia con el piso de su hermana: un piano negro de pared que miró como si le conociera de siempre.

Se sentó en la banqueta. Sonrió al notar un ligero movimiento en su bolsillo.

Yolanda se sentó a su lado y le ofreció uno de los vasos de té con limón.

—Perdona que no esté muy frío, le he echado hielo. Puedes dejarlo donde quieras —dejó su vaso entre las botellas de cristal. Katia hizo lo mismo.

—Tengo otro regalo que se muere por conocerte… —dijo la doctora metiendo la mano en el bolsillo.

Ahí estaba, un gato tan pequeño que cabía en una sola mano, en el bolsillo de una bata. Una oleada de ternura engulló el corazón de Yolanda. Era un Félix en miniatura, solo que en vez de tener los ojos azules los tenía verdes. Llevaba un collar azul del que colgaba una chapa personalizada con el número catorce.

—¿Catorce?

Félix te quiere mucho, así que aquí tienes a uno solo para ti, para que te ayude cuando más lo necesites.

Yolanda cogió a Catorce entre las palmas de sus manos y acarició su pelo suave con los pulgares. Catorce maulló un par de veces y pronto comenzó a ronronear, igual que Félix.

Igual que Seis.

—Muchísimas gracias. Lo cuidaré y le daré de comer y le compraré una cama y lo llevaré al veterinario…

—No, no lo lleves al veterinario. Si pasa algo, tráemelo, ¿de acuerdo?

Tenía al gato más adorable del mundo en las palmas de sus manos. Lo dejó sobre las teclas y observó riendo cómo se las apañaba para caminar sobre ellas. Pesaba tan poco que ni siquiera alcanzaba a presionar alguna nota.

—A veces pienso en dejarlo…

—¿El qué? —Yolanda no cabía en sí de la alegría y guiaba al gatito para que no se cayera del piano.

—Lo que hago no está bien visto en mi comunidad. Solo busco el progreso, la evolución…

—¿No les gustan los gatos siameses?

—No, creo que no —rio. Apoyó la mano sobre el hombro de Yolanda y cogió a Catorce con la otra para dejarlo con cuidado en el suelo. Félix se acercó a él y comenzó a lamerlo, a limpiarlo. A cuidarlo.

A quererlo.

—¿Puedes improvisar algo para mí?

—¡Claro!

Yolanda comenzó a tocar la canción más alegre del mundo y Katia, con disimulo, metió el pelo rizado que acababa de cogerle del jersey en el pañuelo que guardaba en el bolsillo izquierdo de su bata.

 

 

Comentarios